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Hoy los gobiernos regionales son más representativos del país que el Congreso

· 14 octubre, 15:36 por Giuliana B.

Por Mirko Lauer

A primera vista Alan García ha aprovechado la conjunción de un clima de turbulencia financiera mundial y una ofensiva anticorrupción local para convertir el cambio de gabinete que muchos le reclamaban en un cambio de rumbo a mitad de gobierno. ¿Es realmente así? Todavía es temprano para decir algo concreto, pero ya las opiniones están muy divididas.

Los voceros de la derecha más dura ya han empezado a expresar su temor a que Yehude Simón, el nuevo premier, incline la balanza hacia la izquierda moderada y moderna de la que él se reclama, o más allá. Esto viene salpimentado con alusiones a su pasado izquierdista radical, que incluye ocho años cárcel por una falsa acusación de apología al terrorismo en tiempos de Alberto Fujimori.

Para la izquierda más radical, en cambio, Simón es simplemente más de lo mismo: un converso al neoliberalismo puesto allí por García para confundir al movimiento de protesta. En efecto, como presidente de la región Lambayeque el nuevo premier venía practicando la más ortodoxa, y a la vez políticamente la más exitosa, de las 25 gestiones regionales.

En las zonas intermedias del espectro ideológico peruano las visiones son menos pesimistas. El tipo de izquierdismo de Simón es percibido sobre todo como antesala de más gasto social. Su ortodoxia económica es asociada con una continuidad del culto a las inversiones y el crecimiento. La idea en este sector sería algo así como bienvenido el cambio moderado.

Hay algunas cosas que podrían cambiar con la sola presencia de Simón. Por ejemplo, su origen y prominencia en el movimiento regionalista lo convierten en un incomparable lobbyista para sus ex colegas de las 25 regiones. Su izquierdismo, moderado y todo, lo llevará a subir a bordo a colaboradores de posiciones virtualmente vetadas bajo este gobierno.

Para García comienza un tiempo de aprendizaje. Pues la nueva presencia tiene ciertos elementos de cohabitación a la francesa. Si Simón va a ser aprovechado, García le tendrá que permitir un espacio propio, comenzando por la esfera del discurso público. Esta va a ser la tregua más importante de las que recibirá, o no, el nuevo premier.

En cuanto a la dirección que tomará el gobierno en los dos años y medio que le quedan, el nombramiento de Simón parece precisamente el anuncio de que no hay nada escrito. Es decir que, dentro de la moral y las buenas costumbres, el rumbo no va a ser definido por compromisos ideológicos, sino por circunstancias concretas.

Varias de las principales movidas presidenciales del pasado semestre surgieron del terror atávico a una inflación incontrolable. La llegada de Simón y los cambios acompañantes no procede de un temor a la corrupción revelada ahora en octubre, sino de la percepción de que ese estallido moralizador podía ser antesala de una unificación y reorientación de la protesta y su liderazgo.

Si por un momento hacia el mes pasado García aceptó los llamados de su ministro de Economía a ajustar el gasto fiscal y los desembolsos de su dinero a las regiones, ahora más bien parece al borde de retomar, con los límites del caso, el camino del gasto social. Después de todo, es lo que vienen recomendando muchos ortodoxos del hemisferio norte.

Pero claro, como es inevitable ir guiándose por los efectos de acontecimientos externos, es inevitable también empezar a familiarizarse con los golpes de timón. A la hora de dejar el premierato Jorge del Castillo ha dicho que hoy los gobiernos regionales son más representativos del país que el Congreso. Quizás el lema perfecto para la llegada de Simón.

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